Los alambradores de estrellas, como Jim Morrison, parecen condenados a la fugacidad, así que se pasan esas breves vidas vomitando poesía e inspiración. Lamentos en forma de sonidos mágicos, como los que sólo Jimi Hendrix podía extraer de una guitarra. O desesperados alaridos paridos en las entrañas, como los de Janis Joplin. "Nademos hasta la luna; trepemos a través de la marea", nos propuso Morrison ("Moonlight drive"). Por esos territorios debe andar, tal vez tarareando aquello de "todo tu amor se fue, entonces cantemos la canción solitaria de un profundo y triste sueño" ("Love her madly").
"Esta es la vida más extraña que he conocido", reveló Morrison ("Waiting for the sun"). Sí, todo fue extraño, pero bello y terrible a la vez. La gloria y caída de los Doors, su infierno personal. "Los ángeles pelean, los ángeles lloran, los ángeles bailan y los ángeles mueren", subrayó ("We could be so good together"). Morrison escribió su historia y profetizó su prematura inmolación con forma de clásicos incombustibles. "Este es el final, mi amigo", anticipó ("The end"). Final cantado y escrito.
En la historia de la música popular Morrison encaja en el capítulo de leyendas inspiradoras. De héroes autodestructivos. "¿Qué fue eso? No sé. Suena como armas... un trueno" ("American night"). Lector y relator de una época paradigmática del siglo XX -los 60-, Morrison decodificó su tiempo con las palabras justas: "Estoy hablando de la muerte del rock and roll, y de quién lo mató" ("Rock is dead").
"No podrías creer lo que me produce verte llorando" ("Unhappy girl"), cantó Morrison en uno de sus tantos lamentos de insatisfacción. Imposible imaginarlo desprovisto de ese espíritu. Hoy se cumplen 40 años de su muerte. Gracias, Jim.